guardianes de alma verde,
de sangre noble que llora,
de raíces que vuelan de frente.
Se alzan sobre la tierra
centinelas de madera
sintiendo el viento en sus mejillas,
contemplando los vestigios de una guerra.
Llora la morena muchacha,
la de pechos caídos,
sobre su hombre indiferente
que palidece de vida
ausente de labios tibios.
Ojos brillantes y negros como la noche
asoman detrás de su falda.
Su niño mira con miedo
a su padre como dormido.
Un grito remece el bosque
desgarrador hasta los pistilos
el cóndor se viste de oscuro
y acompaña el vuelo del hombre.
Estrellas fugaces sobre la frontera
allá dónde el hierro no venció a la tierra
dónde el dueño de casa no vendió su huella
dónde el Araucano rayo con sangre la arena.
Viejos gigantes de madera
de sus barbas cuelgan piñones
de sus ojos una lágrima de oro
por cada guerrero que volvió a la tierra.
Eternos narradores de vida
que crecen junto a los de ayer,
los padres que a nacer volvieron







